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#TOP10 | La mujer perdida en la historia. De la ginecocracia a la plusvalía

María Gabriela Blanco (publicado en el Boletín Nro 02 – Año 2011).

Las ideas son producto del ser social,
las creencias de la gente
se conforman según
las circunstancias materiales
y sociales en las que viven.
Carlos Marx.

La sociedad capitalista actual se empeña en preservar un concepto de familia que en nada se asemeja a nuestra realidad latinoamericana.

Legitimado este concepto por la Iglesia Católica, y los sectores más conservadores de la sociedad, es el factor fundamental de la discriminación y repudio a todo lo que no se ajuste a esa norma. Históricamente esa sociedad se ha apropiado, gracias al interés por acumular capital, de esta familia nuclear: padre heterosexual trabajador, responsable del hogar; madre heterosexual ama de casa que obedece los mandatos del jefe de hogar; hijo o hija, también heterosexual que también obedece, sin reprochar, las decisiones del patrón consanguíneo.

Al adueñarse de ésta como la única realidad y apoyarse en un Dios que así lo ha autorizado, niega rotundamente la historia anterior a este proceso evolutivo.

En esta ocasión, y haciendo uso de nuestro carácter combativo e insurrecto, ahondaremos en la historia que a esa sociedad no le interesó contarnos. Como diría Marx: La transformación del mundo es un proceso material; lo importante es revolucionar las condiciones reales de vida. (González, Mike. Karl Marx. Una guía para rebeldes. Cooperativa editorial La Mancha, Caracas, 2010)

En El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (F. Engels, 1884), cuenta Engels, en el prefacio a la cuarta edición, que en los cinco libros de Moisés la forma patriarcal de la familia, allí ilustrada, no solo era admitida sin cautela como la más antigua sino que se la distinguía con la familia burguesa de aquellos días. De esa forma parecía que la familia no había tenido ningún desarrollo histórico. Si acaso se admitía que pudo haber existido un período de promiscuidad en los tiempos primitivos. Aparte de la monogamia (régimen familiar que prohíbe tener más de un cónyuge al mismo tiempo) existía la poligamia (estado o condición del hombre casado con varias mujeres) y la poliandria (estado de la mujer casada simultáneamente con dos o más hombres). Estas tres formas de vínculo existían unas junto a otras sin guardar ninguna relación histórica. También hay que agregar que en algunas ciudades antiguas la descendencia corría por línea materna y era la única válida.

Esta información ha sido secuestrada por la academia, rara vez se discute en las comunidades y por supuesto, no se distribuye en las calles, como sí lo hacen las diferentes “empresas religiosas” cada domingo gracias a la gran maquinaria editorial de dominación que por años nos ha invadido. La Atalaya por ejemplo, que se publica quincenalmente por la Iglesia Cristiana de los Testigos de Jehová en Colombia para Latinoamérica.

Con El derecho materno de Johann Jakob Bachofen en 1861, comienza el estudio de la historia de la familia. Argumentándose en la literatura clásica antigua, Bachofen, según Engels, plantea cuatro tesis: 1) primitivamente los seres humanos vivieron en promiscuidad sexual, a la que Bachofen da el nombre de heterismo; 2) tales relaciones excluyen toda posibilidad de establecer con certeza la paternidad, por lo que la filiación sólo podía contarse por línea femenina, según el derecho materno; esto se dio entre todos los pueblos antiguos; 3) a consecuencia de este hecho, las mujeres, como madres, como únicas progenitoras conocidas de la joven generación, gozaban de un gran aprecio y respeto, que llegaba, según Bachofen, hasta el dominio femenino absoluto (ginecocracia); 4) el paso a la monogamia, en la que la mujer pertenece a un solo hombre, encerraba la vulneración de una antiquísima ley religiosa (es decir, el derecho inmemorial que los demás hombres tenían sobre aquella mujer), vulneración que debía ser castigada o cuya tolerancia se compensaba con la posesión de la mujer por otros durante determinado período.

La sucesión del heterismo a la monogamia, es decir del derecho materno al paterno ocurre, según Bachofen, entre los griegos con el desarrollo de las nociones religiosas y la introducción de nuevas divinidades que simbolizaban nuevas ideas entre los viejos dioses que representaban las viejas ideas. De esta forma, al transcurrir el tiempo, y con las nuevas generaciones, se fueron desplazando los dioses antiguos por estos nuevos, demostrando que no fueron las condiciones reales de existencia de las personas las que produjeron el desarrollo de la concepción de familia sino la religión la que determinó este cambio en sus pensamientos. Esto fue determinante en la transformación histórica de las relaciones sociales entre la mujer y el hombre.

Para escenificar mejor este análisis, Bachofen hace una interpretación de la Orestíada (u Orestea) de Esquilo que, en opinión de Engels es bastante acertada. La postura de Bachofen es que estas divinidades ejecutaron en la época de las epopeyas griegas el milagro de echar abajo el derecho materno y de reemplazarlo por el paterno.

Llevada de su pasión por su amante Egisto, Clitemnestra mata a Agamenón, su marido, al regresar éste de la guerra de Troya; pero Orestes, hijo de ella y de Agamenón, venga al padre quitando la vida a su madre. Ello hace que se vea perseguido por las Erinias, seres demoníacos que protegen el derecho materno, según el cual el matricidio es el más grave e imperdonable de los crímenes. Pero Apolo, que por mediación de su oráculo ha incitado a Orestes a matar a su madre, y Atenea, que interviene como juez (ambas divinidades representan aquí el nuevo derecho paterno), defienden a Orestes. Atenea escucha a ambas partes. Todo el litigio está resumido en la discusión que sostienen Orestes y las Erinias. Orestes dice que Clitemnestra ha cometido un crimen doble por haber matado a su marido y padre de su hijo. ¿Por qué las Erinias le persiguen a él, cuando ella es mucho más culpable? La respuesta es sorprendente:
“No estaba unida por los vínculos de la sangre al hombre a quien ha matado”.
El asesinato de una persona con la que no se está ligado por lazos de sangre, incluso si es el marido de la asesina, puede expiarse y no concierne en lo más mínimo a las Erinias. La misión que a ellas corresponde es perseguir el homicidio entre consanguíneos, y el peor de estos crímenes, el único imperdonable, según el derecho materno, es el matricidio. Pero aquí interviene Apolo, el defensor de Orestes. Atenea somete el caso al areópago, el tribunal jurado de Atenas; hay el mismo número de votos en pro de la absolución y en pro de la condena; entonces Atenea, en calidad de presidente del Tribunal, vota en favor de Orestes y lo absuelve. El derecho paterno obtiene la victoria sobre el materno, los “dioses de la nueva generación”, según se expresan las propias Erinias, vencen a éstas, que, al fin y a la postre, se resignan a ocupar un puesto diferente al que han venido ocupando y se ponen al servicio del nuevo orden de cosas.

Lo importante a rescatar en esta interpretación es que Bachofen no se limitó a aquel estadio primitivo de promiscuidad sexual en que vivían las personas sino que se esfuerza en afirmar que en épocas antiguas, en especial la que apreciamos en la literatura clásica griega, existió antes de la monogamia una forma de relacionarse hombres y mujeres que permitía a la mujer mantener relaciones sexuales con varios hombres y al hombre mantener relaciones sexuales con varias mujeres sin que esto interfiriera o quebrantara los hábitos establecidos. Con el derecho al matrimonio único, Bachofen demostró que la mujer debía entregarse por un periodo determinado a otros hombres bajo la forma de necesidad, y es por esto que la descendencia sólo era reconocida por la línea femenina (derecho materno), incluso se mantuvo en el período de la monogamia con la paternidad establecida dándole a la mujer la posición más elevada que hasta entonces no ha tenido.

Otro que abordó este tema fue J. F. MacLennan, quien ubicó en los pueblos salvajes, bárbaros y civilizados, una forma de matrimonio en la que el novio, solo o en compañía de sus amigos emprendían la tarea de arrebatar a la futura esposa a sus padres simulando un rapto por la fuerza. Nos preguntamos, ¿cómo nace este matrimonio por secuestro? Pues bien, al parecer hubo ciertas tribus en las que se prohibía el matrimonio, teniendo los hombres que buscar esposa en otras tribus. A esto le llamó tribus exógamas. Mientras tanto, en otros pueblos se permitía que hombres de otros grupos tomaran mujeres solo en el seno de su mismo grupo. A esto le llamó tribus endógamas. Asegurando que existía una contradicción muy marcada entre estas dos tribus. Su teoría se basaba en que los hombres que buscaban esposas en otras tribus, dada la permanente guerra entre estos grupos, solo podían conseguirlas por medio del secuestro. Esta teoría, basada en la confusión, ha causado a posterior más daño que beneficios con sus investigaciones.

El reconocimiento que hace Engels de MacLennan es la difusión y la importancia que él da a lo que denomina exogamia, y también el respaldo que da a la descendencia con arreglo al derecho materno, reconociéndolo como antecesor al derecho paterno.

Así las cosas, este gran texto de Engels (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado) intenta con éxito desmontar la heteronormatividad que sectores de la sociedad capitalista de la época buscaban legitimar. Entre estos sectores, la Economía Política presenta al trabajo únicamente bajo el aspecto de actividad lucrativa, y cuando ve en las mujeres una fuerza de trabajo más barata ejecuta los mecanismos que aumenten la necesidad de sumar a las mujeres en la clase trabajadora.

En las hilaturas inglesas están actualmente ocupados sólo 158.818 hombres y 196.818 mujeres. Por cada 100 obreros hay 103 obreras en las fábricas de algodón del condado de Lancaster y hasta 209 en Escocia. En las fábricas inglesas de lino, en Leeds, se contaban 147 obreras por cada 100 obreros; en Druden y en la costa oriental de Escocia, hasta 280. En las fábricas inglesas de seda… muchas obreras; en las fábricas de lana, que exigen mayor fuerza de trabajo más hombres… También las fábricas de algodón norteamericanas ocupaban, en 1833, junto a 18.593 hombres, no menos de 38.927 mujeres. Mediante las transformaciones en el organismo del trabajo le ha correspondido, pues, al sexo femenino, un círculo más amplio de actividad lucrativa…, las mujeres una posición económica más independiente. los dos sexos más aproximados en sus relaciones sociales (Carlos Marx, Manuscritos económicos filosóficos de 1844)

Con la inclusión de las mujeres para la obtención de plusvalía por parte de la sociedad capitalista, el tema del matrimonio monógamo es abordado por la iglesia para continuar la doctrina de la familia nuclear, del amor divino, de la preservación de la especie humana, del pecado de la infidelidad por parte de la mujer, del “crimen” que resulta el aborto, del castigo por las relaciones homosexuales (que no es más que repudiar al hombre que asuma la “vergonzosa” conducta femenina), del lesbianismo (una mujer “intentando” actuar como hombre) y por supuesto, la transexualidad (“aberración” que aún catalogan como patología). Todo esto con la clara intención de mantener el orden social que les permita continuar ofertando trabajo enajenado, promoviendo la defensa de la propiedad privada (incluida aquí la mujer como objeto sexual), y la sumisión ante un Díos inquisidor que te juzgue por una preferencia sexual distinta a la heterosexual.

En resumen, lo que antes con el origen de las relaciones sociales era conocido como Ginecocracia, sociedades en las que existe una preponderancia de la autoridad femenina en aspectos importantes de la vida pública o privada, con el desarrollo de la familia y a su vez las relaciones de producción; el Patriarcado vino a convertirse en la revalorización y cosificación de todo lo que nos rodea, dándole beneficio a un sistema que cada vez consume más energía, incentiva la acumulación de plusvalía sin medida y agota los recursos que nadie decretó como parte de su capital.

Con la presencia de esta iglesia monoteísta institucionalizada en una religión que asume el derecho paterno como el deseo de explotación de la mujer de igual forma o peor que el hombre, se nos ha vendido un modelo de producción que en nada se asemeja a la relación humana de nuestro pueblo latinoamericano.

Mucho tiempo ha pasado desde las fábricas a las que hacía referencia Carlos Marx pero cuán vigente sigue la humillación y sumisión de nuestros trabajadores. Quienes, es imperante decir, somos diariamente bombardeados por sacerdotes que en sus sermones nos ideologizan con falsos testimonios, revelando a su público que el verdadero hombre es el que no tiene miedo de expresar sus sentimientos, el varón, como le dice, es el que se atreve a besar a otro hombre, eso sí, machos que lleven la misma estirpe, no vaya a ser que algún hombre homosexual crea que es “bíblica” su orientación sexual . Tal es el caso del humorista, pastor y comediante colombiano José Ordóñez, a quien Jesús le “comunica de forma directa” que en el día del juicio final, Jesús no buscará a la mujer ni a los hijos para que rinda cuentas, Jesús buscará al varón, al patrón de la familia, para que le entregue memoria y cuenta de lo producido, ya que sólo “entre machos” se arreglan esas cosas”.

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