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Gritos desde los camerinos

Apuntes sobre la presencia GTBL en nuestro teatro *

Por Elio Palencia N.

Marco Antonio Ettedgui.
En Acciones frente a la plaza. 1978

Cuando era muchacho, en un quiosco de periódicos tropecé con el provocador titular de una portada de revista: “La homosexualidad invade el teatro”. Tan “escandaloso” encabezado no era más que la estratagema publicitaria para reseñar un Festival Internacional de Teatro de los de más alto nivel que se haya hecho en Venezuela. Eran finales de los años setenta y resonaban los sucesos de Stonewall y del entonces llamado Movimiento de Liberación Homosexual que, por supuesto, permeaban con novedosas propuestas las artes escénicas. Y esto viene a colación para afirmar que si en nuestro país hay un ámbito que puede señalarse como de avanzada en términos de presencia de la diversidad de género, ese ha sido indudablemente el teatro. No sólo en la voluntad activa de visibilidad y reivindicación GTBL, sino en el ejercicio de convivencia que ha funcionado tradicionalmente entre su gente. Por múltiples razones, las jóvenes generaciones de activistas GTBL e incluso de las propias artes escénicas apenas si tienen noticia de tales esfuerzos y caminos recorridos. Es comprensible: las fuerzas conservadoras –no sólo de derechas, sino también de cierta izquierda desactualizada han contribuido al acallamiento de tal memoria. ¿Cómo extrañarnos si hasta hace sólo pocas décadas ser de izquierdas y homosexual o transgénero se tenía como una contradicción, que no pocos creadores sufrieron en una angustia casi esquizoide, hurgando entre las fronteras para poder conciliar voluntad de justicia social y opción sexual?

Hace muchos años, el dramaturgo y cineasta Román Chalbaud decía a propósito del compromiso de los creadores teatrales: “Hay que gritar. Desde los camerinos, tenemos que gritar”. Y al decir “gritar” hablaba de contundencia, valentía y belleza sobre la injusticia, y la exclusión y discriminación por género u opción sexual también tenía gritos que emitir. En los años 70, autores como Isaac Chocrón gritaron con piezas como La Revolución, en la que el maestro Cabrujas interpretaba magistralmente a un homosexual reprimido y el primer actor Rafael Briceño a un travesti harto de un país en el que “no pasaba nada”; El Nuevo Grupo producía Sabor a miel, La máxima felicidad y Las amargas lágrimas de Petra Von Kant; el teatro Las Palmas exhibía la versión criolla de Los Chicos de la banda y el grupo Rajatabla mostraba con belleza el beso de dos hombres, uno de ellos Federico García Lorca interpretado por el gran Roberto Moll- en la reconstrucción de los últimos días del poeta granadino partidario de la República Española, es decir, de izquierdas y homosexual, razones ambas por las que se dice fue asesinado a manos de los fascistas.

Durante los últimos cuarenta años, con textos foráneos o locales, con desparpajo o discreción, nuestra escena ha gritado la existencia y exclusión de individuos pertenecientes a un colectivo deseoso de salir de la sombra. Gritarlo como homosexual, gay, lesbiana, marimacho, mariposa, parcha, maricón o tortillera, con pluma o sin ella, con humor o densidad, con poesía sutil o descarnada, a fin de confrontar el silencio pretendido por las tenaces fuerzas conservadoras. Gritos estos, en su mayoría, respetuosos, conciliadores y progresistas, con proyección estética, a diferencia de aquellos emitidos con equívoca idea de “modernidad” por los mass media, que cuando han utilizado la imagen GTBL ha sido generalmente para la denigración y el afianzamiento de la discriminación, para causar risa o villanizarles (La loca frívola y maluca de telenovelas, los chistecitos homófobos de las afortunadamente desaparecidas Gaitas de las locas, etc…); una presencia reaccionaria similar a la del actor de piel oscura o de rasgos indígenas, que –salvo escasas excepciones– durante años fue circunscrita a la interpretación de sirvientes resignados o malvados delincuentes. En nuestros escenarios, no. Por supuesto me refiero a aquellos de voluntad artística y respeto comprometido con el espectador, no esos donde ha privado el mercantilismo, los cuales han reproducido –y reproducen aún– la nomenclatura inescrupulosa de la industria del entretenimiento. Lamentablemente, la cantidad de personas que ha podido participar de esos ámbitos de goce estético y reflexión sobre problemáticas GTBL, no ha alcanzado niveles masivos, y no por ser destinados a una élite socioeconómica –¡qué más quisiéramos los teatristas que llenar nuestras salas!- sino porque aún hay un camino a recorrer en el acceso de las mayorías al arte y su dialéctica para el conocimiento y el progreso social.

Entre los años 80 y 90, fueron muchos los autores nacionales que hablamos de diversidad, pero a los hacedores del teatro –un arte efímero– nos ha resultado difícil guardar su registro sin el apoyo institucional: los textos no han sido editados ni promocionados en la proporción en que se ha requerido, ni las grabaciones audiovisuales –cuando las hay– han llegado a medios de mayor alcance como la televisión o el cine, pero la memoria de hacedores y espectadores puede dar fe de este hecho. A principios de los 80 destacaron las propuestas de los grupos como Theja y Autoteatro con José Simón Escalona y Javier Vidal, a la cabeza. Tanto la dramaturgia, como la plástica escénica y el arte del actor, fueron frontales en la voluntad de reivindicación homófila en producciones como Cuatro Esquinas, Hermes Bifronte

o la trilogía de Calígula, Salomé y Marilyn, entre otras. Asímismo, en los performances del desaparecido creador Marco Antonio Ettedgui. Durante la aparición del VIH-SIDA –hecho que desde algunos puntos de vista, significó la retracción de hallazgos de las fuerzas progresistas en el mundo y, por ende, del Movimiento GTBL– fue el teatro el sector más movilizado, no sólo para desentrañar y denunciar las consecuencias de salud pública, discriminación y alarma social producidas por este flagelo que durante sus primeros tiempos fue identificado con la comunidad gay, sino incluso para convocar a la sociedad civil a organizarse para la información, prevención y apoyo a los afectados. Escrito y sellado (I. Chocrón), El último bronch de la década (D.Osorio), Anatomía de un viaje (M. Purroy), Jeffrey… no más sexo (P. Rudnick), Habitante del fin de los tiempos (J. Gavlovski), así como mis textos Habitación independiente para hombre solo y Arráncame la vida son sólo algunos de los títulos de piezas teatrales que referían en nuestros escenarios personajes y conflictos relativos a la pandemia y a parte del colectivo GTBL.

En mi trabajo dramatúrgico, algunos estudiosos han identificado ciertas recurrencias, entre las que destacan la indagación en lo que podríamos llamar la “venezolanidad” –mapas íntimos y colectivos y en el tema del género, tanto en la posición de la mujer como en la diversidad sexual o la condición de extranjería. Debo asumir que tales temas me han inquietado para propuestas estéticas y cuestionamientos éticos a través del teatro y han sido esenciales en la liberación de mi imaginario. Mi primer texto, Detrás de la avenida (1988) muestra el encuentro entre un estudiante de Letras y un travesti que ejerce la prostitución. A partir de allí, consecuentemente me ha interesado adentrarme en personajes GTBL: en Del alma querida (1996) se presenta una periodista lesbiana y el conflicto con su madre; en Habitación independiente para hombre sólo (1991) un par de homosexuales de la clase trabajadora conviven con los demás habitantes de una residencia; en Arráncame la vida (1995) el tema del VIH-SIDA es abordado desde la perspectiva de una madre de provincia; en Fronteras una lesbiana barloventeña acuerda matrimonio con un homosexual madrileño para poder acceder al status de “residente” en España y convivir con su pareja. En Escindida (1993), que transcurre en La Habana, un homosexual y socialista decide, a su pesar, dejar la isla como balsero a fin de vivir con su pareja; en Pasajeros (2002) me aproximo al tema del

transgénero a través de un personaje que se ve instado a compartir con inmigrantes ilegales detenidos en un aeropuerto español. En las más recientes piezas, escritas a mi regreso de trece años viviendo en Madrid, la preocupación por el atraso y la difícil repercusión en Venezuela de los progresos mundiales respecto al discurso de la diversidad de género, me han hecho retomar con más fuerza y de modo más directo esta temática y su inserción en nuestras particularidades sociales: Penitentes, inspirada en el caso real de un religioso muerto en un hotel citadino, explora en el tema de la culpa y la doble moral, a partir de dos homosexuales de extracción popular y un sacerdote de la Conferencia Episcopal. El monólogo Como Dios manda también indaga en la doble moral provinciana, a través de una lesbiana que ha acordado casarse con un amigo gay. La Quinta Dayana, que escarba en la injusticia familiar y el machismo generado por la mujer como cabeza de familia, tiene como protagonista una transgénero venezolana inmigrante en Canadá que se asume como lesbiana. Esta pieza ha servido de base para el guión de la película Cheila: una casa pa’maíta producida por la Villa del Cine y dirigida por Eduardo Barberena. En estos textos, como

en otros, además de la presencia del diferente o el excluido social (llámese mujer, niño, negro, anciano, artista, extranjero, homosexual, lesbiana o transexual) me ha interesado la teatralidad, así como la dialéctica posible de cara a un espectador activo, con voluntad de ubicarse aquí en nuestros habitantes con sus mapas conductuales y su impronta histórica, con sus virtudes y defectos. Más que emitir respuestas, he intentado impregnar mis textos de mis propias interrogantes para compartirlas en un escenario, junto al sueño de un mundo mejor, posible desde el autoconocimiento, la adultez y la transparencia.

Para quienes están comprometidos con el movimiento GTBL en nuestro país sería importante la revisión de referencias, de enlazar el presente con la memoria, a fin de establecer una dialéctica con la historia, el ámbito de las artes y los espacios alternativos. Es necesario sumar, no permitir que esfuerzos y discursos se atomicen, a fin de consolidar logros, tanto en leyes como en cambios de mentalidad. El movimiento GTBL, aún ignorándolo, ha tenido y tiene un aliado en el sector teatral. ¿No sería deseable, entonces, que los activistas de este colectivo estrecharan lazos con los creadores, ejercitaran el goce estético como espectadores y propiciaran la reflexión y la acción crítica recíproca? Recordemos que en un país como el nuestro las fuerzas conservadoras, a través de la institución eclesiástica, los rezagos machistas y el acecho mercantilista de los medios, establecen un muro de contención difícil de franquear, no sólo para lograr reivindicaciones GTBL, sino para temas como la interrupción voluntaria del embarazo o la participación de colectivos étnicos o tradicionalmente desasistidos en las tomas de decisiones. Por tanto, que las fuerzas progresistas se encuentren en la acción es un camino en el que aún hay mucho por recorrer. El teatro y muchos de sus hacedores han elevado su voz constantemente. Reconocerlo y valorarlo es también reconocernos y valorarnos a nosotros mismos, en la voluntad de gritar por los sueños de una sociedad con más belleza y más justicia.

*Extraído del Boletín ASGDRe, Nro 02. Año 2011.

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