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Víctor Fernández
* ASGDRe

Llegué a Argentina un año antes de la aprobación de la Ley de Matrimonio Igualitario, ignorando la discusión que se estaba generando en las reuniones de algunas organizaciones políticas. En los meses siguientes escuché de todo. A la iglesia repentinamente preocupada por la salud mental de los niños que serían criados por homosexuales (aunque nunca se ha preocupado por los niños abusados sexualmente en sus recintos), a un sector de la clase media despolitizada haciéndole el juego en la cómoda posición “que se casen sí, pero que adopten… no creo”, y a una variopinta mayoría de jóvenes que indignadxs ante estos argumentos se sumaron a la defensa de lo que consideraban era un derecho: “No se trata de poder casarme, sino de elegir no hacerlo”.

Poco a poco la cuestión se fue posicionando en la agenda pública, y una vez evidenciada la decisión del kirchnerismo de aprobar la ley, se tornó imparable. El miedo al debate que meses antes enmudecía a dirigentes políticos, de pronto parecía un absurdo.

El resultado ya lo conocemos. Se aprobó la ley, Cristina Fernández no sólo es la primera mujer electa como presidenta sino que entre sus decisiones valientes destaca el impulso y la proclamación del matrimonio igualitario, y cada año que pasa hay más pibes y pibas que entienden, respetan, y experimentan la homosexualidad sin ninguna culpa. Pero si me preguntaran qué fue lo más hermoso de ese momento, sin duda respondería que la discusión masiva, popular. Testimoniar cómo se multiplicaban las organizaciones de maricas, como una palabra que era “grosería” pasaba a ser dignificante, como diputadxs estuvieron hombro a hombro defendiendo el proyecto; ofendiéndose ante el prejuicio; y llorando ante la posibilidad de la derrota…

Ver eso, vivir ese momento de maduración de un pueblo, me hizo sentir como en casa, satisfecho ante el protagonismo de quienes hemos decidido acabar con la dominación. Por eso, camaradas revolucionarixs, ¡no tengamos miedo!, que no hay peor sentencia que el silencio, ni mayor fortuna que la emancipación.

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