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Ricardo Llamas y Francisco Javier Vidarte
El acceso de las mujeres a las formas de ejercicio del género (entendido éste de manera general como la presentación pública del propio cuerpo y del potencial de “sexo” —placer, comunicación, interacción— que en él reside) que están asociadas con el desempeño de roles “de poder” (más relacionados con el género masculino), está drásticamente limitado.
La relación entre el ejercicio de las posiciones de poder reconocidas por parte de una mujer y su presentación pública en términos de “feminidad escasa” está ampliamente establecida. La dureza corporal, las líneas derechas y las aristas puras (todo lo que está lejos de las voluptuosas formas que definen la “verdad” de la mujer), son factores que conforman el tópico de un inusual ejercicio de agencia y representación que “apela” a una cierta regulación; a la neutralización del posible desafío que encarna.
Sin embargo, una diferencia fundamental puede establecerse entre estas actuaciones y representaciones de la mujer (“masculina”) y sus equivalentes invertidos. El ejercicio de subversión que realizan travestis y drag queens tiene un espacio reconocido que no es el de la resistencia política, sino el de la parodia; y un ámbito de reconocimiento: la subcultura gay que le da una razón de ser, un sentido. A algunos “hombres” —adultos pero no hechos y derechos; desviados en una curva praxitélica de consecuencias impredecibles— se les consiente jugar con “lo femenino”; único género considerado artificio y performance. Siempre que no lo hagan cerca de los jóvenes. La representación es bienvenida, celebrada y aplaudida, y se le reconoce incluso un potencial liberador, carnavalesco, seguramente porque la economía fálica del deseo permanece, en última instancia, relativamente inalterada.
Sin embargo, cuando lo que está en juego es “la masculinidad” y su fundamento, “el hombre”, todo se vuelve sospechoso; aquí ya no hay lugar para la parodia: sólo desnaturalización y sacrilegio. Se puede aspirar a la sumisión, no al poder; imitar lo falso, no lo verdadero; jugar con lo negociable, no con lo inalterable. Bien lo saben las mujeres culturistas: las que ensanchan sus espaldas, pierden los senos, hinchan los brazos y endurecen las caderas; las que, sobre todo, pueden dejar de tener la regla. Su presencia despierta reacciones de rechazo y desasosiego. Y una normativa de contención que no se articula de manera explícita, se pone en marcha: la mujer culturista, por musculosa que sea, estará al final sujeta a un imperativo de feminidad, y deberá cubrirse con un bikini del que sobra, como poco, una mitad, y maquillarse y lucir una melena cuidada.
Porque si no lo hace, si cambia el mínimo dos-piezas por un arnés y se afeita la cabeza, si traspasa la frontera de lo aceptable o “natural”, se convierte en un monstruo, se hace irrecuperable. Y se trata de suscribir la ideología que define qué es tener “un cuerpo bonito”; la misma que establece unos límites que amenazan a la mujer culturista con convertirla en un ente donde, desaparecidos los rasgos de mujer/feminidad, ya no se ve nada más que aberración; un organismo que siembra incertidumbre porque quizás ya no sea fértil, no pueda ya ser el de una esposa, capaz de amar a un hombre y cumplir “su destino”. Si ese cuerpo evidencia cómo se ha musculado para escapar al corsé de los roles femeninos, ya no es un cuerpo de mujer, sino —dirá el imaginario social— un cuerpo lesbiano. Su presentación pública, entonces, no suscita adhesión o risa, sino espanto o lástima, porque surge en el vacío; porque parte de una parca, arbitraria (y desertada) identidad femenina y no (se le permite) llega(r) a ningún sitio. Figura de castración o automutilada: un horror, una tragedia, un fracaso.
Un “cuerpo lesbiano” por su apariencia y sus aspiraciones, quizás no por su deseo; un cuerpo, en todo caso, roto, partido —como poco— en dos (presencia / esencia). El cuerpo de ella —de el/la— debe entonces, si no ha de perderse irremisiblemente, reconstruirse víscera a víscera. Ése era el proyecto que animó a Monique Wittig a escribir en 1973 El cuerpo lesbiano. Un cuerpo nuevo, establecido a partir del despiece y posterior ensamblaje de ese cuerpo de mujer que se resiste a las sobredeterminaciones que se le imponen. Un cuerpo entre la poesía y la cirugía: “y/o admiro la delicadeza de los metacarpos y de las falanges de los dedos, y/o toco las costillas admirablemente dispuestas, m/e sobrecoge el deseo de ti, y/o babeo, y/o lloro, la sangre presiona los ventrículos de m/i corazón, tus huesos completamente secos pulidos blancos desnudos me penetran en los ojos, y/o los toco, y/o m/e tumbo sobre ellos conmocionada”. El resultado es algo completamente nuevo. “Lo que aquí ha sucedido, ninguna lo ignora, no tiene hasta ahora nombre; que ellas lo busquen si tienen absoluta necesidad”.
En cualquier caso, estamos ante un cuerpo que demuestra la posibilidad (literaria y políticamente fructífera) de acceder al poder de su propia representación al margen de los usos, los términos y los discursos establecidos; un cuerpo radicalmente no recuperable por una economía política libidinal de orden falócrata, pero cómplice con cualquier resistencia frente a ese orden. Un ariete contra esa ordenación simbólica de la realidad de los cuerpos como sede del deseo que hace de la “escena lésbica” un elemento inevitable de la —a menudo rancia— pornografía para el consumo hetero-masculino. Un acicate contra el orden que limita la práctica de autodeterminación de las mujeres culturistas.

* Wittig, Monique (1973), El cuerpo lesbiano, Valencia, Pretextos.

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